Siempre nos han contado que el amor es sentir mariposas.
Yo nunca he sentido eso cuando sabía que lo que hablaba dentro de mí era la palabra amor.
O puede que sí.
Puede que las mariposas rujan como un león. O puede que las alas de las mariposas, en realidad sean pétalos de flores abriéndose a cada lado de la calle, porque eso es lo que yo veo cuando siento a la palabra amor.
Porque cuando la palabra amor decide darse un garbeo y salir a pasear, yo veo las flores abrirse y percibo el olor tan intenso de las plantas que supuestamente no desprendían nada.
El amor es ver belleza en cada detalle que antes parecía invisible. Es ver bonito el agujero de un roto, porque mirándolo bien tiene forma de luna, de sol, de nube, o de cualquier cosa que te transmita paz.
El amor es mirarte al espejo y ver belleza, o mejor dicho: no mirarte a ningún espejo, porque no lo necesitas, y porque la verdadera belleza no la reflejan todos los cristales. Solo es capaz de descifrarla el cristal de la retina de quien posee el superpoder de ver más allá. Y ojalá poseamos siempre ese cristal, y seamos capaces de ver pétalos de flores abrirse todos los días; de sentir leones rugiendo (y no porque tengamos hambre y nuestro estómago sabiamente nos avise); de valorar la belleza del roto de ese calcetín que te acompañó en todas y cada una de tus batallas, porque es precisamente el uso incansable que le diste lo que lo diferencia de cualquier otra prenda.
El superpoder de aprender a mirar es algo que se educa. Te lo prometo. Me lo prometo y me comprometo.
Me comprometo a aprender a mirarme. Me comprometo a quererme y a querer quererme: con cualquier talla, con cada lunar y sin pretender desdibujar ninguno de mi piel, con todos mis gestos, mis miradas, mis sonrisas, mis noches de no poder dormir, mis caídas, mis altibajos, mis mañanas de sueño, mis días rebeldes y los días blanditos. Me comprometo a dar lo mejor de mí, a crecer y hacer todo lo posible cuando las cosas vayan conmigo. Me comprometo a cuidar de otros sin descuidarme a mí. A amar a otros sin desamarme a mí. Porque no existe el desamarse para amar, y miente quien diga lo contrario. Porque eso no son flores abriéndose, sino cerrándose; ni leones rugiendo, sino enmudeciendo.
Hay rugidos que pocas personas escuchan, porque son silenciosos -que no mudos-, pero que todos son capaces de ver cuando sonríes, contagias la sonrisa a otra persona y no necesitas nada más que verla, para ser capaz de decir: “tienes una sonrisa preciosa”.
MLC


Preciosa reflexión María. Utilizas un lenguaje bello para hablar de cosas bellas. Es emocionante.
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Gracias, papi
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